Todo lo que debes revisar antes de comprar una caravana compacta

La ruta perfecta puede torcerse en el primer kilómetro si no haces una inspección seria, y no me refiero a darle una palmadita cariñosa a la carrocería. La tentación de una caravana bambina de segunda mano es real: tamaño amable, estética coqueta, precio dulce. Pero la cámara de fotos del anuncio no enseña el olor a humedad ni ese punto blando en el suelo que se hunde como flan. Aquí conviene ponerse el sombrero de reportero y el mono de inspector a la vez: ojos atentos, orejas abiertas y cero prisas.

Empieza por la estructura como quien revisa un titular: que no engañe. Repasa el chasis con calma; busca óxido en largueros, uniones y soporte del eje. Una pátina superficial no es drama, pero las capas gruesas o escamas que se deshacen al tacto sugieren horas de lijado y pintura, y quizá algo peor. Agáchate sin pudor para mirar el estado del eje, los anclajes y el freno de inercia; si ves grasa vieja, gomas cuarteadas o cables tensados de forma rara, negocia con la misma frialdad con la que leerías una rectificación. La carrocería merece luz oblicua: abolladuras, grietas en las esquinas, juntas resecas y silicona aplicada “a la creatividad” son señales de filtraciones pasadas. Las esquinas del techo y las claraboyas concentran buena parte de los dramas; toca, presiona, escucha si cruje o si cede.

El olor no miente, es el gran editorial de una casa con ruedas. Entra, cierra la puerta y respira. Si huele a humedad, moho o a “armario de sótano”, hay trabajo. Pasa la mano por paredes y techo, busca manchas amarillentas, ondulaciones o zonas más frías al tacto. Un medidor de humedad es barato y vale su peso en anécdotas evitadas; si marca por encima de lo razonable cerca de ventanas y claraboyas, el romanticismo del vehículo vintage se transforma en novela de terror doméstico. El suelo debe ser sólido; si al caminar notas “efecto trampolín”, hay delaminación. Arreglarla no es imposible, pero quita tiempo, dinero y paciencia, tres recursos finitos.

La instalación eléctrica es la red invisible que, cuando falla, convierte el fin de semana en un campamento de velas. Enchufa a 230 V, comprueba que salten las protecciones y que funcionen enchufes e iluminación; si hay batería y cargador, verifica que cargan, que no hay cables sueltos ni empalmes dignos de película de los 80. Pide ver la nevera en modo 230 V y, si es trivalente, también en gas; anota la velocidad con la que enfría, porque una nevera perezosa es ese amigo que nunca trae hielo a la fiesta. Calefacción y boiler, si los tiene, deben encender sin sustos, con llama estable y sin olores raros. Con el gas nada de heroicidades: inspecciona el regulador, las mangueras (con fecha legible), y un simple agua jabonosa en conexiones delata burbujas que no deberían existir.

El agua hace hogar, pero gestionada mal hace naufragio. Llena el depósito, acciona la bomba y abre grifo por grifo. Busca fugas bajo fregadero y baño, comprueba el flujo constante, y escucha si la bomba se queda “tocando” cuando todo está cerrado, síntoma de micro-fugas. El WC químico debe sellar y deslizar; si las juntas están resecas, hay recambio, pero suma al presupuesto mental. Las ventanas y claraboyas son los ojos del habitáculo; que abran y cierren, que las bisagras no estén fatigadas, que las mosquiteras no se enrollen a su antojo y que el policarbonato no tenga grietas tipo telaraña.

Fuera, los neumáticos cuentan su propio parte meteorológico. Revisa la fecha DOT; más de seis años y, aunque parezcan nuevos, no lo son a efectos de seguridad. Mira flancos, posibles deformaciones y la rueda de repuesto, esa gran olvidada. Aprovecha para examinar rodamientos y frenos de tambor; un giro a mano debe ser suave y sin ruidos arenosos. El cabezal de enganche no puede tener juego excesivo; el estabilizador, si lo lleva, debe apretar con firmeza. Verifica el cable de rotura, el freno de estacionamiento y el conector eléctrico: 7 o 13 pines, todas las luces en orden, sin intermitentes tímidos.

La compatibilidad con tu coche es una página que muchos pasan por alto y luego vienen los eufemismos. Mira la masa máxima autorizada, tanto de la caravana como de tu vehículo, y el límite de arrastre con y sin freno; que la suma realista, con equipaje, no te coloque a la vuelta de un control con más explicación que gasolina. La altura y la anchura de una compacta suelen ser amigas de los parkings y las carreteras secundarias, pero el reparto de pesos sigue siendo rey: garrafa y objetos pesados sobre el eje, armarios altos para lo ligero, y nada de convertir el arcón delantero en trastero municipal.

Dentro, los muebles deberían resistir el meneo del viaje sin que cada bache se convierta en percusión improvisada. Abre todas las puertas, extrae cajones, siéntate, despliega la cama. Si la mesa baila, hay herrajes flojos o madera fatigada. Observa tornillería: si hay muchos agujeros “extra”, quizá ya libró sus batallas. Textiles y colchones cuentan una biografía íntima: manchas, olores y quemaduras de cocina cuentan más que cualquier declaración jurada. Si hay rastro de roedores, la historia cambia de género periodístico.

La documentación es la parte menos fotogénica y la más importante. Ficha técnica, permisos, homologaciones de accesorios (portabicis, toldo, mover, placa solar), última ITV si aplica y número de bastidor coincidiendo con lo troquelado. Si el vendedor te cuenta que “todo está perfecto” pero no aparecen papeles, ahí tienes tu titular. Pregunta por facturas de mantenimiento, cambios de neumáticos, revisiones de gas; no es capricho, es trazabilidad. Y no olvides el coste de transferencia y el impuesto de transmisiones: el precio real no es el de la pegatina en la ventana.

Luego está la prueba dinámica, ese momento de verdad que muchos saltan por pereza. Engancha, circula unos kilómetros, siente si va recta, si el estabilizador hace su trabajo, si al frenar no serpentea, si las luces no juegan a discoteca con los baches. Escucha ruidos de muebles, vibraciones del cabezal y golpes que no estaban en el guion; algunas sinfonías desaparecen con una llave Allen, otras anuncian reformas.

Negociar no es regatear por deporte, es ajustar el precio a la realidad técnica. Cada detalle pendiente es una línea de argumentario: neumáticos envejecidos, sellados por rehacer, nevera con mal arranque en gas, batería que no mantiene carga, frenos que chirrían. Lleva un presupuesto estimado de esos arreglos y propón una rebaja proporcional, con la calma de quien sabe que hay más unidades en el mercado y que la prisa es mala consejera. Si el vendedor se muestra transparente, abre armarios, comparte facturas y acepta la prueba en ruta, eso vale tanto como un microondas nuevo; si todo son prisas, excusas y “me lo quitan de las manos”, quizá el mejor trato sea seguir buscando.

La ruta perfecta puede torcerse en el primer kilómetro si no haces una inspección seria, y no me refiero a…