El Abrazo Oscuro de la Mañana

Hay algo sagrado en el silencio de la cocina antes de que el mundo despierte del todo. Fuera, la luz todavía es gris y el aire se siente frío contra el cristal de la ventana, pero dentro, frente a los fogones, estoy a punto de iniciar mi pequeño ritual de alquimia. No soy persona de prisas matutinas, ni de cafés tragados de un sorbo mientras busco las llaves. Yo necesito el cacao a la taza.

Para mí, preparar este desayuno es una declaración de intenciones. Requiere paciencia, y eso es precisamente lo que le falta al resto del día. Mientras vierto la leche en el cazo y troceo la tableta de chocolate oscuro y denso, siento que estoy robándole tiempo al reloj. Aquí no vale el microondas ni lo instantáneo. El verdadero cacao a la taza exige fuego lento y una cuchara de madera que no deje de girar.

El momento exacto en el que la leche caliente comienza a fundir el chocolate es hipnótico. El color blanco se va tiñendo de un marrón profundo, brillante, casi negro. Pero lo mejor es el aroma. Es un olor que no solo entra por la nariz, sino que parece abrazarte. Huele a infancia, a domingos de lluvia, a seguridad. Es un aroma denso que inunda la cocina y que, estoy seguro, tiene la capacidad de ahuyentar cualquier preocupación, al menos temporalmente.

Cuando la mezcla empieza a espesar, adquiriendo esa textura de terciopelo líquido que caracteriza al buen cacao a la taza, sé que está listo. Lo sirvo en mi taza favorita, esa de cerámica gruesa que mantiene el calor, y me siento a la mesa.

El primer contacto no es con la boca, sino con las manos. Rodear la taza humeante con las palmas es mi forma de cargar baterías. El calor se transfiere a mi piel y me despierta con una suavidad que ninguna ducha fría podría igualar. Y luego, el primer sorbo.

No es una bebida para calmar la sed; es casi un alimento. Es espeso, untuoso, cubre la lengua y el paladar con una intensidad abrumadora. El dulzor está ahí, pero me gusta que prevalezca ese toque amargo del cacao puro, ese carácter que te recuerda que estás bebiendo algo que viene de la tierra. A veces lo acompaño con una rebanada de pan tostado o algún churro si es festivo, pero la verdad es que el cacao se basta a sí mismo.

Mientras lo bebo, el mundo exterior sigue sin existir. No hay correos electrónicos, no hay tráfico, no hay noticias urgentes. Solo existe el vapor que sube en espirales desde la taza y el calor que baja por mi garganta, asentándose en el estómago como un ancla de bienestar.

Terminar la taza es, inevitablemente, volver a la realidad. Pero lo hago con otra disposición. Salgo a la calle con el sabor persistente del chocolate en los labios y una calidez interna que funciona como una armadura invisible contra el frío y el estrés. Desayunar cacao a la taza no es solo alimentarse; es regalarse un momento de paz antes de que empiece la batalla del día a día.

Hay algo sagrado en el silencio de la cocina antes de que el mundo despierte del todo. Fuera, la luz…